
La relación que se produce entre la marca y el consumidor, nace de la conexión que provocan las actitudes de la marca con las emociones del consumidor, como respuesta hacia esas actitudes. Tener una marca que se conecte con las emociones de los consumidores, no es muy fácil. Las marcas crecen integrando muchos ingredientes, así como sucede con nuestra personalidad.
No obstante, las empresas tienen el deber de mantener la vigencia de su marca en el mercado, a pesar de los cambios que en ellas se produzcan, si quieren sobrevivir. Para ello, lo que hacen es orientar sus estrategias hacia mantener y potenciar aquellos factores que generan lealtad en sus clientes ¿Cuáles son?
Los estudios que se han hecho sobre la reacción de nuestro cerebro, a través de resonancias magnéticas funcionales u otros métodos similares, infieren que nuestras sensaciones ante la fidelidad, la lealtad, la simpatía, la amistad, determinan actitudes personales, las que también se externalizan en nuestro ámbito laboral, determinando las relaciones que construimos entre clientes y empresas.
Por ello, lo que admiramos, respetamos y valoramos en las personas es lo que realmente estamos demandando a las empresas: coherencia, honestidad, transparencia, rigor, humildad, sinceridad, reconocimiento, confianza, generosidad, capacidad de transferencia de conocimiento, diferenciación, relevancia, compromiso, constancia, intencionalidad y unas pequeñas o grandes dosis de creatividad e innovación.
Construir una marca sobre estos principios, podría aportar mayores o menores beneficios, pero lo que sí sucederá, es que garantizará la permanencia de la empresa dado el enfoque en la satisfacción de sus clientes y en el compromiso de sus trabajadores, quienes deben ser sus primeros consumidores.





